El Loko Dope: un Luchín del Hip Hop, que militaba en el partido de la fraternidad

Conocí al Loko Dope en septiembre de 2007. Fue la primera vez que visité el taller de educación popular Hip Hop URRAP, en la población de San Bernardo (San Beka), uno de los suburbios de Santiago de Chile que más frecuenté cuando, aprovechando una beca de estudios, militaba en la Red de Hip Hop Activista del país. Fue en San Beka donde me enamoré de la educación popular.  Un flechazo que cambió mi vida y mi trayectoria política: nada de lo mucho que vino después hubiera sido posible sin esa lección de esperanza que viví en primera persona gracias a cabros como el Dope. Como muchos de sus compañeros de colectivo, un tipo noble y digno, combativo en el mejor sentido, con la brújula de la conciencia popular muy bien calibrada. También solidario, y siempre dispuesto a practicar el principio anarquista básico del apoyo mutuo. Y, sobre todo, Dope era una muy buena persona. Como Asertijo, como Profeta, como Priscila, como Ema, como el Kore o el Vampiro, hicieron sentir como en casa a otro chaval de otro barrio, Móstoles, por aquel entonces rapero y anarquista. Pese a que las experiencias de vida de las periferias del norte y el sur global eran muy distintas, forjamos una complicidad casi instantánea. Aunque nos separaba mucho, creo que también nos unía algo más allá de la pasión por el rap y más allá de la ideología: una especie de código cultural popular, que es seguramente universal, y que está hecho de frustraciones y rabia ante los abusos cotidianos. Pero también de un amor secreto, una fe casi religiosa, por cualquier palabra, símbolo, recuerdo, arte o gesto práctico que anunciara que, algún día, se le podría dar la vuelta a la desventaja. Que también nosotros tendríamos derecho a florecer. El tipo de código cultural que nace, espontáneamente, en todos los barrios de las metrópolis del mundo que pierden más de lo que ganan.  

En este bello pero duro espacio, en el que tanto aprendí y crecí políticamente, Dope jugó un papel importante por su difícil trayectoria vital. Cuando lo conocí, había logrado salir de la pasta base, que por aquel entonces era la droga que corroía a la juventud de las poblaciones de Santiago. Lo había hecho gracias a la actividad del Hip Hop político de URRAP. Uno de los recuerdos más bonitos que tengo de Dope es dando un impresionante taller en el festival Planeta Rock, en enero de 2009, en el que, sin heroísmo ni afán de protagonismo, pero con valentía y determinación, compartía con decenas de chavales lo rica y, a la vez, lo destructiva que era la droga. También cómo escapar de ese pozo gracias al tipo de carácter que puede forjar el arte y el compromiso político. Nunca se lo dije personalmente, porque lo encontraba violento, pero durante mucho tiempo la historia de Dope funcionaba en mi mente como un talismán político secreto: si Dope había superado algo tan difícil como una adicción, y lo había hecho gracias al tipo de transformaciones personales que posibilita una comunidad política orientada a construir algo bello en común, todos nuestros desmesurados planes de jóvenes revolucionarios parecían un poco más posibles.

El caso de Dope no era el único, pero fue el que conocí más de cerca. Uno de los resultados más impresionantes y sorprendentes de los talleres de educación popular que conformaban la Red de Hip Hop Activista de Chile era como estos funcionaban como espacios de reparación biográfica en un sentido totalmente distinto al del trabajo social imperante. En los talleres jóvenes como Dope, que habían estado enganchados a la pasta base, o se habían visto atrapados en dinámicas de violencia entre pandillas, dejaban atrás esas regiones autodestructivas a las que el neoliberalismo empujaba “a los que sobran”, como cantaba la famosa canción de Los Prisioneros. Pero no para rehabilitarse en un sentido convencional, como quien firma la paz entre sus expectativas y su pobreza, sino para formar parte de organizaciones populares y militancias políticas, donde decenas de compañeros y compañeras dedicaban lo mejor de sí a algo tan generoso como transformar las condiciones colectivas. “Cordón de autodefensa Hip Hop”, cantaba yo haciendo referencia a esta sorpresa, y asociándolo con la memoria de la Unidad Popular, en una canción de rap que Dope y yo grabamos, junto con el resto de amigos de San Beka, en los años que nuestras vidas se cruzaron. Las poblaciones chilenas me enseñaron la potencia de la organización popular para construir mundos de vida propios, capaces de resistir a la trituradora neoliberal y sembrar la semilla de algo mejor. Rompe el Círculo, el proyecto colectivo mostoleño en el que desarrollé mi activismo entre 2008 y 2020, y que ha marcado más que cualquier otra cosa la vida que he vivido, tuvo en San Bernardo su fuente de inspiración más importante. Dope y yo nunca llegamos a ser amigos íntimos, como sí ocurrió con otros compañeros de URRAP. El tiempo y la lejanía geográfica nos distanció. Pero, de alguna manera, su ejemplo no dejó de acompañarme durante años.

De hecho, hoy me doy cuenta que una de las fotos que forman un collage que adornan mi casa hace referencia, de modo indirecto, al Dope. Es una foto de unas escaleras de caracol que, en plena acera, tomaban el cielo no por asalto, como decía Marx, sino peldaño a peldaño. Unas escalares que, en el año 2007, un sábado por la mañana, mientras regresaba del taller de URRAP, encontré en la calle San Martín de Solís. Eran sin duda la muestra publicitaria del negocio de un forjador. Pero rápidamente su poderoso simbolismo lo asocié a lo que estaba viviendo en Chile.  Como esas escaleras que surgían milagrosamente de la nada y ascendían al cielo abierto, así funcionaban los núcleos militantes de la Red de Hip Hop Activista en las periferias de Santiago. Así funcionaba URRAP. Como una pequeña escuela de amor propio colectivo, donde chicos como Dope conquistaban esa pizca de rabia y esa pizca de orgullo suficiente para sobreponerse a la perversa fuerza de gravedad del neoliberalismo. Y hacer eso que hacía el Barón de Münchaussen, en una imagen que fascina a Jorge Riechmann por su poder evocador como moraleja ética y política: salir de la ciénaga, él y su caballo, tirando de su propia coleta.

Por eso, pese a lo mucho que nos habíamos alejado, sentí una profunda tristeza cuando, en 2022, los amigos comunes de San Beka, que con los años habían convertido URRAP en la organización No más violencia en la pobla, me contaron que Dope, tras una depresión, había vuelto a caer en las drogas. Ahora vivía en situación de calle, en un Ruko, que es como se denomina en Chile a una chabola. E iba sobreviviendo con trabajos precarios y la ayuda del barrio, que como siempre él correspondía. El Dope que yo conocí era un hombre recíproco y bueno. Me consta que las drogas no habían destruido ese fondo.

Supongo que el golpe fue doble: la lástima por el sufrimiento de alguien a quién has apreciado, y la moraleja amarga sobre el poder de la violencia neoliberal y nuestras escasas posibilidades de enfrentarnos a ella. El Barón de Münchaussen no lo había logrado: la ciénaga había sido más fuerte que la coleta del Hip Hop.

Como otras tristezas, esta golpeó al encontrarme con ella y luego, con el tiempo, pasó. No obstante, he revisitado su herida más que otras, seguramente porque, sin haberle pedido permiso, había convertido a Dope en un símbolo de mi microcosmos más íntimo.  El amuleto político del Dope, como otras tantas ilusiones bonitas que tanto abracé, no había resistido los envites amargos de esta última década.

Hace una semana, esta pequeña tristeza personal, este arañazo en el recuento de daños que ha sufrido mi alegría política de un tiempo a esta parte, se volvió desgarro. Mi amigo Asertijo me contó en un mensaje de wasap que, unos días atrás, habían asesinado a Dope. Tres monstruos, tres criminales cobardes, le habían quemado vivo en una calle del barrio, a plena luz del día, rociándolo con gasolina y prendiéndole fuego. Me cuesta encontrar palabras a la altura de un suceso tan sádico, tan injusto, tan brutal, tan miserable. Un acto que atenta contra las bases mismas de la concepción del ser humano que Dope y yo compartíamos con cualquiera de los miles de millones de personas decentes que existen en el mundo.  Absolutamente nadie merece algo así. Con toda la rabia y la pulsión de venganza que siento, que es mucha, algo así ni siquiera lo merecen los psicópatas que lo asesinaron. Pero me consta que, mientras Dope vivió, la buena voluntad seguía siendo su forma de estar en el mundo. Lo que vuelve su muerte, si cabe, aún más inconsolable.

Supongo que no hay que buscar ninguna interpretación, política o sociológica, a lo que es un puro acto de maldad.  Y la maldad, sencillamente, a veces aparece y lo rompe todo. Y aparecerá en cualquier orden social imaginable. Incluso en ese orden más justo por el que Dope y yo rapeamos juntos en 2007, 2008 y 2009. Lo que toca ante la maldad, además de llorar y maldecirla, es hacer justicia y reparar lo imposible. La justicia y la reparación que ofrecen las instituciones y el derecho seguirá su camino, tan necesario como insuficiente. La de las personas que en algún momento de nuestra vida compartimos tiempo con el Dope, y lo apreciábamos, va por otro lado. Honrar su memoria, y como quieren hacer sus amigos del colectivo No más violencia en la Pobla, tomar este dolor para convertirlo en algo hermoso, que pueda ayudar a mejorar la comunidad en la que Dope creció.

Vuelvo a esas escaleras del collage de mi salón.  Ahora las miro de reojo al pasar varias veces al día y no puedo evitar recordar a Dope. Pienso también en una canción de Víctor Jara que se llama Luchín. Que invitaba a “abrir todas las jaulas”. Como esas escaleras: para que los Luchines de San Beka , como Dope, dejaran de ser pájaros enjaulados, volaran libres y escaparan de esa otra forma de vuelo bajo y funesto que era la pasta base. Supongo que esta asociación se produce porque, cuando conocí al Dope, Guerrillerokulto, uno de los raperos con más nombre de la Red de Hip Hop Activista, había publicado una canción que también se llamaba Luchín. Que dialogaba con la de Victor Jara de un modo importante que me viene una y otra vez a la cabeza, quizá como mecanismo para racionalizar el dolor.

Luchín era un niño de campamento que daba título a una de las canciones del disco La población, que Víctor Jara publicó en 1972.  Según Víctor Jara, aunque en el momento los campamentos de Chile estuvieran repletos de Luchines jugando desnudos con pelotas de trapo, el desarrollo del proceso chileno hacia el socialismo permitiría que Luchín, el día de mañana, pudiera dirigir una fábrica. El día de mañana llegó. 35 años después, en su canción, Guerrillerokulto volvía a cantar a Luchín. Y constataba que este ya ha crecido. Pero frente al optimismo preconizado por Jara, no había llegado a liderar una fábrica, sino que se había convertido en uno de tantos jóvenes del lumpen metropolitano de Chile. Residuo de una clase obrera descompuesta, atrapada en un círculo espeso y viscoso de delincuencia, drogadicción, trabajos eventuales y miseria moral.

Como no se cansaba de afirmar Guerrillerokulto en las asambleas de la Red de Hip Hop Activista, las víctimas de la dictadura habían sido muchas más que los detenidos y los desaparecidos políticos. Habían sido varias generaciones moldeadas por sus efectos sociales. Como Dope. Incluso como los hijos de puta cobardes que lo mataron. Por supuesto, la vida no es solo estructura o historia. Son también decisiones. Dope las tomó incorrectas. Nadie lo duda. Pero también es preciso recordar cuanto de marcadas estaban sus cartas para saber apreciar y cantar las que fueron sus decisiones correctas. Porque también hubo muchas decisiones correctas. El Dope que yo conocí era un hombre ejemplar. En versión raper, era un militante convencido, pero sobre todo convincente, del partido de la fraternidad. Que con constancia y generosidad trabajaba en su barrio, San Beka, un barrio áspero y difícil, usando el Hip Hop para construir la siempre postergada, la siempre inconclusa, pero algún día victoriosa y bella, nación de los pobres. Ojalá este puñadito de recuerdos personales, de alguien que vive lejos de San Beka, pero que tiene con San Beka una deuda impagable, sirva para tener una visión más completa del aporte que el loko Dope hizo a la tarea de construir lo común.

Emilio Santiago Muíño, Pilu-Fonky Drama,  Móstoles, 27 de enero de 2026.


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