SOLARPUNK A GRAN ESCALA
Ese extraño patriotismo antibelicista que sentimos estos días se alimenta del viento y del sol. Estamos a las puertas del reino de la libertad solar. Podemos sentar las bases energéticas de una democracia incrementada, construida sobre las ruinas pestilentes del imperialismo fósil.
Cesar Rendueles[i]
Solarpunk: una gimnasia del deseo en tiempos de antifascismo climático

Una de las banderas propuestas para el movimiento solarpunk. En línea: https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Solarpunk_Flag_Vectorized_Version.svg
Aunque en tiempos tan oscuros suene disparatado, aun podemos sentir envidia sana por los nietos que vendrán. El futuro será exuberante: a lo largo del siglo XXI, sobre la base material de esa civilización solar que hoy -aun siendo un embrión reprimido- ya nos deslumbra, la especie humana superará tres retos existenciales. El primero, estabilizaremos el Sistema Tierra en parámetros de seguridad (climáticos y ecológicos) que garanticen, para decenas de generaciones, la viabilidad de sociedades industriales prosperas dentro de los límites planetarios. El segundo, cumpliremos con las promesas postergadas del programa emancipador de la modernidad: seguridad material, igualdad política, liberación de tiempo y talentos, abriendo el juego humano hacia nuevos retos, nuevos horizontes y nuevas melancolías. El tercero, y como premisa de los otros dos, construiremos instituciones para gestionar de manera justa los bienes comunes globales que necesita nuestra especie para que nuestro éxito evolutivo no se torne autodestrucción: atmosfera, biodiversidad, paz, tecnología, prosperidad económica.
Conjugar nuestros verbos en futuro y no en condicional es una toma de posición y una declaración de intenciones. En una época triste, que ha degradado la inteligencia hasta confundirla con el cinismo, militar en el fracaso preventivo no es ningún gesto de lucidez del que sentirse orgulloso. Es un síntoma mórbido de la mediocridad antropológica que el neoliberalismo cultivó. Por supuesto, es obvio que todo puede salir terriblemente mal. Cualquiera puede tomar alguno de los muchos problemas que hoy nos abruman y proyectarlo hacia el desastre con sencillez: de la emergencia climática al ocaso de la democracia, del retorno del imperialismo al autoritarismo tecnológico. Medio siglo de bombardeo cultural distópico no facilita que usemos la imaginación de un modo más sexy. Pero esto no es realismo, es pobreza. El verdadero realismo implica hacerse cargo de nuestro poder para disputar el mundo. Y hacerlo no desde prejuicios ideológicos obsoletos, sino desde una correcta comprensión del margen de maniobra que se nos ofrece para transformarlo.
Mirada fría y mirada cálida, como decía Bloch: sin dejarnos engañar y sin dejarnos desilusionar. No necesitamos otra ronda del aburrido debate entre pesimismo y optimismo. Necesitamos hacer apología combinada del estudio y de la determinación. Actualizar el diagnóstico y apostar fuerte.
Sin dejarnos engañar: en apenas dos meses, 2026 nos ha dejado claro de que va a ir el siglo XXI. Como dijo el maestro Fontana, las fuerzas que se lanzaron a destruir 1789 y perdieron en 1945 han vuelto. Las sigue impulsando su odio furibundo a la idea de igualdad, de democracia, de redistribución republicana y socialista de la riqueza. También un pánico existencial ante el avance de los derechos de las mujeres, comparable al pánico existencial que sintieron en el siglo XX por el avance del movimiento obrero. Y, por supuesto, intereses económicos colosales. Concretamente, la defensa de las rentas, los privilegios y el control que emanan de los combustibles fósiles. Que han sido el pilar material de la sociedad industrial, pero que por primera vez en la historia se ven económicamente amenazados por fuerzas productivas superiores, incluso en términos de rentabilidad capitalista. El ecologismo pecó de ingenuo en este punto: un volumen de activos que algunos estudios cifran en unos 90 billones (europeos) de dólares -entre reservas probadas, infraestructuras y capital financiero-, que es casi como la suma del PIB mundial, no se va a dejar extinguir en 25 años, que es lo que nos exige la ciencia climática, sin luchar a muerte por su supervivencia. ¿Qué hay detrás del negacionismo climático que promueve la administración Trump, la Rusia de Putin o los petroestados del Golfo? El método nos lo dio Lester Freamon, en The Wire: sigamos el rastro del dinero y encontraremos la respuesta.
Sin dejarnos desilusionar: nosotros podemos llegar a ser más invencibles que ellos. La pinza geopolítica que atenaza Europa entre los dos principales petroestados del mundo, la Rusia de Putin y los EEUU de Trump, están redefiniendo la frontera de lo político. La existencia futura de la UE se juega en que sepamos interiorizar un lema: los aerogeneradores, las placas solares, las baterías y los tendidos eléctricos son máquinas que, como la guitarra de Woody Guthrie en los años cuarenta, matan fascistas fósiles.

Agitprop de antifascismo climático distribuida por el Instituto Meridiano de Políticas Climáticas y Sociales.
Empezamos a instalar energía solar y eólica para salvar el clima. Después seguimos instalando más rápido de lo previsto porque descubrimos, para sorpresa de todos, que eran económicamente más rentables. Y ahora instalaremos en cantidades y ritmos fabulosos porque son un arma de seguridad nacional. Y nuestra mejor garantía de soberanía en un contexto en que poderes extranjeros quieren destruir nuestras democracias. Clima, prosperidad, soberanía, seguridad, libertad y democracia son puntos de encuentro para construir mayorías sociales de un potencial sísmico. En apenas una semana de amenaza trumpista contra España, un pueblo que apenas podía ser aglutinado por un antifascismo climático de sentido común se deslizó hacia un pueblo predispuesto para ser invocado por un nuevo relato nacional-popular con acento energético. Y todavía no hemos visto nada. Como afirma Tooze, para bien o para mal, “no hay escapatoria al hecho de que van a suceder «grandes cosas»”[ii].
En términos históricos, esta partida acaba de empezar. La Guerra Fría Verde del siglo XXI no será un conflicto entre petroestados y electroestados que se pueda dibujar con dos colores en un mapa. Será un choque de civilizaciones civil dentro de cada país. A un lado, un mundo fósil decadente y oligárquico, pero todavía fuerte y empecinado en perdurar. Al otro, la emergencia de una civilización solar que va a cambiarlo todo, pero todavía es muy frágil. La buena noticia es que la fuerza de los números está de nuestra parte: el 80% de la humanidad, incluyendo gigantes económicos y demográficos como China, India y Europa, vivimos bajo secuestro porque dependemos de combustibles fósiles importados. Para los rehenes del carbono, toda aspiración de mejora social pasa por hacer de la civilización solar nuestra dirección evolutiva.
Por eso, la agresividad preventiva del imperialismo fósil es directamente proporcional a nuestra amenaza potencial. Tan disruptiva que ni siquiera sus partidarios la hemos comprendido del todo. La llave de la celda ya está en nuestras manos: las renovables y la electrificación están desplegándose de un modo radicalmente diferente a cualquier otra forma de energía del pasado. El proceso de reducción de costes se parece más a la difusión vertiginosa de la informática que a la revolución industrial. El mismo tipo de cambió que llevó a un país como Nigeria a pasar de dos millones de líneas de teléfono fijas a 200 millones de líneas de teléfono móvil en veinte años es el que va a conducir la abundancia energética que viene.
Para ganar este choque de civilizaciones civil necesitamos muchas herramientas diferentes. Aquí nos aproximaremos a una que suele infravalorarse, pero es estratégica: los imaginarios aspiracionales de las sociedades. Que siempre mezclan argumentos, afectos y estética. Un telón de fondo cultural hecho de símbolos, imágenes y promesas erógenas que excitan el lado visionario que todo ciudadano debe llevar dentro cuando la política nos convoca a definir el futuro.
En esta tarea no partimos de cero. La hipótesis de este texto es reinterpretar una de las propuestas más sugerentes de la contracultura contemporánea. Y tensarla para ver cuánto puede dar de sí más allá de su ámbito de desarrollo inicial: el solarpunk. No como una agenda política, sino como una gimnasia para entrenar nuestros deseos colectivos.
El solarpunk como célula madre cultural
El solarpunk es un movimiento contracultural, literario y artístico incipiente, que busca dar una respuesta ecosocial original y seductora a los problemas de la emergencia ecológica y climática, la desigualdad social disparada y la degeneración autoritaria que corroe nuestras democracias.



Muestras diversas de producción cultural solarpunk.
No reconstruiremos aquí la historia del solarpunk ni sus debates internos, que están reproduciendo polémicas habituales en cualquier movimiento social cuando se enfrenta al problema de la hegemonía: ¿puede el solarpunk hacerse pragmático, a costa de mostrar compatibilidades con el capitalismo verde, o debe permanecer utópico, fiel a su espíritu anticapitalista y decrecentista, pero con grado de influencia marginal en el aquí y ahora? ¿Hasta dónde puede llegar la confianza tecnológica del solarpunk? ¿Se degrada el solarpunk cuando su estética es instrumentalizada para fines publicitarios?
Este artículo del investigador Alejandro Rivero hace una buena genealogía de estas polémicas en el ámbito literario, y este otro, del mismo autor, hace lo propio con la cuestión visual, analizando tres referentes canónicos de la incipiente estética solarpunk: la arquitectura de Vicent Callebaut, el famoso anuncio Dear Alice de la empresa de yogures Chobani, producido por el estudio de animación, The Line, y la ilustración digital The Fifth Sacred Thing de Jessica Perlstein[iii].

Paris Smart City 2050, Vincent Callebaut, 2014-2015. Ilustración digital. En línea: https://vincent.callebaut.org/zoom/projects/150105_parissmartcity2050/parissmartcity2050_pl057

Fotogramas del spot publicitario Dear Alice, producido por The Line. En línea: https://www.thelineanimation.com/work/chobani

The Fifth Sacred Thing, Jessica Perlstein, Sin Fecha. Ilustración digital. Enlace: https://jessicaperlstein.com/products/the-fifth-sacred-thing-1
Nuestra aproximación al solarpunk está ideológicamente situada fuera de las coordenadas del movimiento. La intención de este texto es reinterpretar lo que el solarpunk tiene de célula madre cultural. Esto es, de imaginario plástico y replicable con el que inspirar un proyecto ecosocialista y democrático, pero a la vez pragmático y con vocación de mayorías. Que aspira al reino de la libertad de una civilización solar comunista. Pero sabe que ante el cronómetro climático, con una desventaja en la correlación de fuerzas aplastante, y en medio de la contrarrevolución del fascismo fósil, no se trata de enunciar objetivos de máximos sino de traducir sus valores en conquistas concretas, parciales e imperfectas, pero reales: en definitiva, que asume que a nuestra generación le toca cruzar el río tocando las piedras.
Simplificando, podemos destilar cinco ingredientes fundamentales de la propuesta solarpunk:
-Tecno-ecología: frente a una relación religiosa con la tecnología, que o bien espera milagros que nos salven o que se acerca a la tecnología como un pecado que nos condena y que toca rechazar, el solarpunk defiende una actitud laica, audaz y experimental con la tecnología. El solarpunk nos invita a apropiarnos democráticamente de todas las técnicas: las complejas y las sencillas, las duras y las blandas, las basadas en la máquina y las basadas en la vida. Hay algo de mutante y de no binario en la propuesta tecnológica del solarpunk: una tecnosfera que mezcla nuevas tecnologías punteras (energías renovables, robótica, impresión 3D) con saberes tradicionales y soluciones basadas en la naturaleza (permacultura, agricultura regenerativa, rewilding, infraestructuras urbanas verdes y azules).
-Nueva abundancia (relacional y pasional, pero también material): el solarpunk rompe con la angustia ante la escasez inminente. Tanto la que anima al ecologismo decrecentista y colapsista como la que está cebando al fascismo del siglo XXI -que no deja de ser una propuesta de acaparamiento cruel del espacio ecológico-. Lo interesante es que no lo hace solo en términos morales: aunque también lo reivindica, su propuesta de abundancia no se basa únicamente en prometer más tiempo libre o más comunidad frente a la compulsión de la sociedad de consumo. La “vida de ricos” que el solarpunk ensaya también tiene un soporte material ampliado. Que se sostendrá en saber disputar políticamente los cambios que están sucediendo en nuestras fuerzas productivas.
-Esperanza: a diferencia de otras ramas del punk, el solarpunk no es nihilista ni autodestructivo. Es una defensa activa de la esperanza como brújula ética, y como afecto político, frente al derrotismo, el colapsismo y la parálisis.
-Do it ourselves: como es propio de cualquier corriente punk, frente a la impotencia pasiva y la soledad encapsulada, el solarpunk promueve la más bella de las impaciencias: la de la praxis y el experimento aquí y ahora con los medios que tengamos a nuestro alcance. Autogestión, participación, comunidad y empoderamiento colectivo bajo el principio “hagámoslo nosotros mismos” (Do it ourselves). Pero esta llamada al empoderamiento no queda reducida al voluntarismo de la acción. El solarpunk imagina sociedades en las que el do it outseleves ha sido institucionalmente organizado bajo principios de democracia expandida, con un fuerte componente de autogestión popular y deliberación comunitaria, como es propio de la tradición anarquista.
-Utopías del proceso: habitualmente, las propuestas del solarpunk no presentan un punto de llegada, sino más bien un proceso de construcción utópica incompleto, siempre en marcha. Algo más parecido al Ministerio del Futuro que a Star Treck.
¿Qué elementos del solarpunk pueden ser integrados en un nuevo paquete ideológico, un nuevo registro de resonancias afectivas y un nuevo régimen visual que insufle la autoestima popular suficiente para dar la batalla por una civilización solar? A continuación, sin agotarlas, exploramos algunas posibilidades.
Tecno-ecología: disputar la triple revolución de las fuerzas productivas del siglo XXI
El ecologismo del siglo XXI, la izquierda que está influido por él, y la sociedad que está a su vez influida por la izquierda, debe solarpunkizarse. La razón es que el solarpunk ha sabido desarrollar una actitud hacia la tecnología mucho más valiente, y un diagnóstico de época mucho más actualizado, que el grueso del ecologismo. Que ha inyectado tecnofobia excesiva y análisis obsoletos en el imaginario social, cristalizándolos en memes ideológicos que son muy difíciles de desmontar. Y que están teniendo efectos perversos, pues se han convertido (involuntariamente) en aliados de la reacción fósil.
El gran acierto del solarpunk es que, intuitivamente, ha sabido prestar atención a la gran novedad de nuestro tiempo. El siglo XXI es un momento histórico en el que se están cruzando tres revoluciones de las fuerzas productivas. Esto es, tres momentos en el que grandes innovaciones tecnologías, siempre atravesadas por decisiones políticas, pueden transformarlo todo. Como nos enseñó a entender el marxismo, cuando la tecnopolítica de una sociedad cambia, las posibilidades de lo real se abren (aunque, frente a los sueños del marxismo más determinista, esta apertura nunca tiene un final asegurado). Dos de estas revoluciones son claramente ecologistas. La tercera no lo es, pero el ecologismo también se la puede apropiar: la revolución electro-renovable, la revolución regenerativa y la revolución infocognitiva o digital.
Aunque hace unas décadas dudar al respecto era razonable, hoy ya sabemos que es absolutamente factible que un despliegue acelerado de las renovables y la electrificación pueda ofrecernos un suministro energético seguro, limpio y fabuloso, capaz de sostener durante siglos sociedades urbanizadas de alta tecnología dentro de los límites planetarios. Hoy también sabemos que el principal daño ecológico que ha provocado la humanidad en la historia se llama agricultura y ganadería. Superior incluso al despliegue de la industria. Pero empezamos a tener evidencias científicas de cómo reformar el sistema agroalimentario haciendo que la exuberancia de los ecosistemas y la alimentación de la humanidad sean empresas que se enriquezcan mutuamente. Finalmente, ante la proliferación de nuevas tecnologías asombrosas cuya base es la información digital, también sabemos que estas pueden ser compatibles con los límites del planeta, y a la vez con una democracia más profunda, si supiéramos hacer con ellas política ecosocialista, en la dirección contraria a la de los tecno-oligarcas que las han capturado.
Porque la tecnología abre posibilidades, pero no ahorra decisiones ni impone resultados. Con la energía, con la regeneración, o con lo digital la perspectiva verdaderamente liberadora, que está en el ADN de la propuesta solarpunk, no es analizar cómo la tecnología transforma la sociedad. En palabras de César Rendueles, “es mucho más interesante pensar como la sociedad, y más en concreto nuestros esfuerzos de organización política, pueden orientar los desarrollos tecnológicos”[iv].
La revolución electro-renovable
La revolución electro-renovable ha cambiado cualquier idea que teníamos de las transiciones energéticas. Incluso sus partidarios más acérrimos estamos sorprendidos. Ninguna otra energía en la historia había demostrado las curvas de instalación y de reducción de costes espectaculares que estamos comprobando cada trimestre. En una década, los precios han caído más de un 90%, y su penetración ha ido rompiendo récords año a año. Hoy ya es un hecho objetivo que el ser humano nunca ha conocido una fuente de energía industrialmente aprovechable tan barata como apuntar con un panel solar hacia el sol. Lo mismo ha sucedido con los sistemas de baterías que permiten almacenar el don del sol y del viento. Y si hace 25 años solo una cuarta parte de nuestros procesos industriales eran electrificables, hoy ya lo son el 70%: no solo los coches, también calderas, maquinaria pesada, tractores, camiones, barcos y muchos procesos industriales son ya electrificables. Además, mover electrones es mucho más eficiente que quemar moléculas: la civilización de los combustibles fósiles pierde dos terceras partes de su energía primaria quemándola. La futura civilización solar aprovechará el 90% de la energía primaria que capture del sol y del viento[v].

Reducción del precio de los modulos de paneles solares, turbinas eólicas y baterías desde 1980 hasta el presente. Fuente: Bond, K. et al. (2025) The Electrotech Revolution, EMBER. En línea. Disponible en: https://ember-energy.org/latest-insights/the-electrotech-revolution/

Ritmo de instalación de generación eólica, solar y almacenamiento con baterías en los últimos 25 años. Fuente: https://reneweconomy.com.au/conservatives-and-incumbents-have-predicted-the-end-of-wind-and-solar-for-decades-they-are-still-wrong/
Por supuesto, la revolución electro-renovable enfrentará problemas. Pero de lo que se trata es de darles soluciones políticas, no de rechazar su implementación. De primeras, son tan costo-competitivas que el capitalismo ha visto en ellas una oportunidad. Esto ha descolocado al ecologismo, que siempre las pensó como herramientas anticapitalistas. Pero el potencial descentralizador, socialista y democrático de las renovables -que visionaros como Levins o Scheer imaginaron- sigue intacto, esperando que sepamos despertarlo con las políticas adecuadas. A sus muchas ventajas hoy se le suma además que sirven para liberarnos del chantaje de los petroestados y blindar nuestra seguridad: se puede poner en jaque un país bombardeando una central nuclear como Zaporilla, pero no se puede hacer lo mismo con miles de paneles diseminados por todo el territorio. Las renovables mal instaladas pueden afectar a la biodiversidad local. Pero bien instaladas se pueden convertir en infraestructuras verdes, que regeneren el suelo, y que permitan que la vida silvestre florezca en nuestros desiertos de clorofila maltratados por la agricultura y la silvicultura. Por último, la civilización solar necesitará minerales. Pero en una cantidad infinitamente menor que la civilización fósil: un año de material extraído por la civilización fósil equivale a todo el material que tenemos que extraer para desplegar renovables los próximos 25 años. La razón es sencilla: la civilización fósil quema su producción minera constantemente para mantenerse en pie. La civilización solar la dejará fijada en la tecnoesfera durante décadas. Y además los minerales se pueden reciclar. Un proceso que no hemos ni empezado a desarrollar en serio.
Pero lo revolución electro-renovable está en pañales. Lo vertiginoso es lo que aún no hemos visto. Hasta ahora, la humanidad ha dependido energéticamente de la fotosíntesis. Bien por vía directa a través de las plantas, o por vía indirecta (los combustibles fósiles son depósitos de fotosíntesis acumulada). Un proceso con una eficiencia de transformación energética minúscula: entre un 1% y un 2%. El efecto fotovoltaico, a día de hoy, funciona con una eficiencia comercial ya probada de un 20% (ampliable en un futuro). Esto es un orden de magnitud superior. Y la energía que nos llega gratis del sol es tan colosal que cinco días de radiación solar equivalen a todas las reservas de combustibles fósiles conocidas. Las renovables, especialmente la fotovoltaica, no es una energía más: es un salto evolutivo. Comparable al uso del fuego en el paleolítico inferior.
La revolución regenerativa
La revolución regenerativa es una constelación de técnicas y procedimientos muy diversos. Una mezcla que hibrida el redescubrimiento de prácticas campesinas olvidadas con nuevas prácticas alimentarias de alta tecnología, como la fermentación de precisión; que recupera dprincipios filosóficos muy antiguos en diálogo con ontologías posmodernas; que pone en relación la experiencia acumulada tras décadas de restauración de ecosistemas con el conocimiento de frontera que hoy empieza a sistematizar las ciencias del suelo. Cuyos libros de divulgación parecen etnografías de civilizaciones alienígenas que están solo un metro bajo nuestros pies.
Todas estas exploraciones conducen a un mismo eureka: podemos incrementar el modo en la biosfera nos es útil (en productividad alimentaria, en soluciones basadas en la naturaleza, incluso como amortiguadora del cambio climático) y al mismo tiempo restablecer la salud de nuestros ecosistemas. Miles de fincas en todo el mundo demuestran ya que, con diversos procedimientos regenerativos (labranza cero, cultivos perennes, fomento de la biodiversidad del suelo mediante lombrices, pastoreo holístico, cubiertas vegetales) los agricultores obtienen rendimientos iguales o superiores al sistema fósil, con muchos menos insumos (y por tanto menos costes) y con más resiliencia ante un clima enloquecido.
Quizá el mejor ángulo para penetrar en el potencial de lo regenerativo para liberar el futuro es dar una pincelada de lo que está pasando con nuestra comprensión del suelo. Como afirma Daniel Iraberri en esta conversación fascinante con Carlos Fernández Liria, el suelo está conociendo una revolución copernicana. Hoy sabemos ya que las plantas no surgen del suelo, sino el suelo de las plantas. También empezamos a vislumbrar que el suelo no es un mero depósito muerto de nutrientes, sino el ecosistema más extremadamente complejo, que no solo sostiene el resto de los ecosistemas, sino que también nos ayuda a regulra el clima. Tras 11.000 años de relación extractivista con el suelo, procedimientos como la agricultura regenerativa, la restauración ecosistémica o el rewilding ofrecen la posibilidad de reformar el neolítico, inaugurando una era donde la gestión del territorio sea a la vez el método al servicio del florecimiento del suelo, primer paso para reinventar la plenitud de la biosfera. Lo que abre inmensas posibilidades para una producción de biomasa primaria exuberante, así como para “domesticar” y “suavizar” el cambio climático mediante la artesanización paisajística del ciclo del agua. Si la revolución fotovoltaica nos libera de la mediación biológica en la captura de energía, la revolución regenerativa restaura la capacidad de la fotosíntesis de acumular riqueza en los ciclos naturales[vi].
Tampoco la revolución regenerativa está exenta de problemas. A diferencia de la revolución electro-renovable, que tiene en la modularidad y la estandarización su fuerza de expansión acelerada, en lo regenerativo cada finca a transitar, o cada ecosistema a revitalizar, es un universo propio. El proceso no es necesariamente lento, pero los chantajes del mercado capitalista son implacables. La regeneración necesitará de un apoyo público decidido para dar el salto de escala que necesitamos: de los proyectos ejemplares a un paradigma global. Sin embargo, en Europa gastamos un tercio del presupuesto de la UE en mantener subvencionado un campo que destruye el suelo y nos vuelve climática y alimentariamente vulnerables. Seguramente, nunca ha sido tan fácil dotar a una política estratégica innovadora del presupuesto que merece.
La revolución infocognitiva
La tercera revolución de las fuerzas productivas que nos está atravesando es la infocognitiva. Una galaxia de tecnologías diversas que empezó con la cibernética y la digitalización, siguió con internet y que hoy tiene en el Big Data, la robótica, la impresión 3D y la Inteligencia Artificial sus nuevos exponentes. A diferencia de la revolución electro-renovable y la regenerativa, que todavía tienen algo de underground para los imaginarios populares, la revolución infocognitiva es totalmente mainstream: lleva años acaparando suficiente atención social, quizá demasiada, como para tener que entrar en detalles. De hecho, su protagonismo es tal que con ella conviene cambiar el orden de la exposición: empezar por lo evidente, que son sus problemas y luego atrevernos a reivindicar sus posibilidades.
Como advierte Cesar Rendueles, la premisa básica para analizar la revolución infocognitiva y sus potencialiades es romper con el ciberfetichismo: la relación cuasi supersticiosa que nuestras sociedades mantienen con estas tecnologías, que invisibiliza las realidades sociales que la soportan y al mismo tiempo nos bloquea políticamente para disputarla. El ciberfetichismo termina dotando a estas tecnologías de una influencia casi mágica en el curso de la historia. Magia blanca en los años noventa, magia negra en los años veinte del siglo XXI, pues el ciberfetichismo se ha desplazado del utopismo naif en los días de la globalización neoliberal exultante al pánico moral catastrofista en la policrisis del presente.
Las razones para desconfiar de estas tecnologías son evidentes. Y no tanto por sus impactos ecológicos, graves pero asumibles en otro orden económico (o si lográramos rebajar impactos mucho mayores, como los agrícolas), sino sobre todo por el tipo de estructura de poder que está posibilitando: una hiperconcentración oligárquica no solo de capital, sino de la capacidad de influencia política. Una combinación de dependencia infraestructural, subordinación blanda y extracción de rentas que presenta los rasgos de un neovasallaje. De ahí la popularización del término tecnofeudalismo. A lo que debemos añadir como esta siendo usado parar captura con precisión algorítmica la capacidad de atención social, fragmentar la esfera pública, y llevar la manipulación política tradicional a un nuevo estadio. Por no hablar de las pesadillas laborales que se esconden dentro de nuestras cajas negras tecnológicas.
Sin embargo, este devenir opresivo de la revolución infocognitiva no fue un desenlace natural. Pudo haber sido distinto. De hecho, es relativamente fácil proyectar lo que estas tecnologías podrían dar de sí bajo otras relaciones sociales: gestionadas como un bien común global; con protocolos abiertos y licencias libres; con una columna vertebral pública sólida tanto en la regulación como en aquellos aspectos materiales que son monopolios naturales o nodos demasiado estratégicos; con una combinación de amplias esferas de cooperación basadas en lógicas de reciprocidad, y espacios acotados a la iniciativa empresarial; y sobre todo, que distintos serían sus efectos si puedera envolver la tecnosfera digital en una sociedad poscapitalista, que hubiera revertido la mercantilización de la vida y asegurara un suelo material y de seguridad digno a cualquier ciudadano.
Y es que u n producto de información digital (la fórmula de una vacuna, una canción, los planos de unas baterías) una vez creado, puede ser replicado a un coste infinitesimal y consumido simultáneamente sin degradarse. La riqueza en las sociedades capitalistas del siglo XXI descansa, cada vez más, sobre una inmensa acumulación de mercancías que son copiables y compartibles. Gracias a ello, la tecnosfera contemporánea ha generado muchos fenómenos cercanos a la gratuidad. Lo digital podría haber sido el mayor montón de Kropotkin de la historia: una acumulación de riqueza tal que cualquiera podría haber tomado según sus necesidades y aportado según sus capacidades. Perdimos ese camino cuando perdimos la cultura libre a favor de los oligopolios del capitalismo de plataforma. Pero no lo olvidemos jamás: lo que hoy ha sido cercado, mañana puede ser comunalizado.
Abundancia y poscrecimiento: una vida de ricos dentro de los límites planetarios
La triple revolución de las fuerzas productivas permite al ecologismo superar sus inclinaciones malthusianas, que siempre han tenido un deje siniestro. Tenemos que pasar página a los discursos de la escasez antes de convertirnos en los tontos útiles del fascismo fósil. Como plantea Carl Amery, los primeros síntomas de la crisis ecológica trajeron bajo el brazo el retorno del asunto Hitler. De modo más o menos real o inventado, la problemática del lebensraum o espacio vital ha vuelto a colarse en el centro de gravedad de la política contemporánea [vii]. El ecologismo de derechas de Hardin preparó el terreno. El conocido autor de la tragedia de los comunes, también fue el ideólogo de lo que llamó “ética del bote salvavidas”, por la cual se tiene derecho a impedir que un náufrago suba a un bote si este corre el peligro de volcar, y que funciona como un caldo de cultivo perfecto para el éxito de discursos excluyentes. El silogismo es sencillo: si no hay para todos, nuestro “nosotros” étnico o nacional debe ir primero. Mucho más sencillo y eficaz que el silogismo que intenta aplicar el ecologismo neomalthusiano de izquierdas: si no hay para todos, empobrezcámonos de modo cooperativo.
Por eso el ecologismo tiene en la nueva abundancia que augura la triple revolución de las fuerzas productivas un arma inesperada para ganar: ya no tenemos que prometer sacrificio y restricciones en nombre del planeta. La sostenibilidad se va a convertir en sinónimo de prosperidad y riqueza. Por supuesto, algunas costumbres colectivas deben cambiar. Y ciertos aspectos de nuestra vida material empequeñecerse: los combustibles fósiles desaparecerán, nuestras dietas exageradamente cárnicas se volverán más vegetales, la cultura de usar y tirar debe ser enviada a los museos etnográficos. Pero estas “pérdidas” serán eclipsadas por ganancias maravillosas. Lo decisivo es que ya no tenemos por qué imaginar el futuro como un retorno a un pasado preindustrial de recampesinización y tecnologías humildes. Ni tampoco como un revival de la autarquía pintado con los colores bonitos de un mural zapatista. El pasado podrá ser una fuente de inspiración tan válida como cualquier otra. Pero no el punto de llegada de un duro reajuste en el que estamos condenados a purgar los excesos de la fiesta industrial.
Esto no significa que el gravísimo problema de los límites planetarios haya sido resuelto. Solo que ya no debemos enfocarlo por el lado de los suministros (escasez, pico del petróleo, pico de minerales, “pico de todo”) sino por la saturación de los sumideros ambientales y la desorganización de las dinámicas del Sistema Tierra (contaminación, crisis de biodiversidad, acidificación de océanos…). Y siempre teniendo en cuenta que un límite no es un mecanismo binario, al modo de un interruptor. Es un umbral de riesgo. Algo parecido al colesterol alto en una analítica: no asegura un infarto, pero aumenta sus posibilidades.
La nueva abundancia también permite replantear el debate entre crecimiento y decrecimiento como un dilema mal planteado: lo que nos impone el forzamiento de los límites planetarios no es dejar de “crecer”, como si crecer fuera una decisión voluntaria y no un efecto agregado promovido por resortes sociales profundísimos e imposibles de suprimir a medio plazo; lo que necesitamos es preservar o incluso expandir el bienestar humano, reduciendo impactos y presiones ecológicas hasta reintegrarnos en los umbrales de seguridad planetaria. Esta es la idea de poscrecimiento: superar el imperativo de expansión material ecológicamente depredadora, que ha funcionado como motor de la modernidad en los últimos siglos, para inaugurar una era de crecimiento selectivo: en muchos sectores iremos a menos, o aplicaremos directamente la eutanasia económica (combustibles fósiles, cierta química, macrogranjas). En otros viviremos crecimientos sin precedentes: renovables, industria verde, agricultura regenerativa, transporte público.
Solarpunk y esperanza: el arte de la reconciliación improbable
Para calibrar la dosis de esperanza activa que el solarpunk puede inyectar en las disposiciones políticas del ecologismo y la izquierda, analicemos su dimensión gráfica, pues es en su producción visual donde el conjuro motivacional del solarpunk funciona como funciona el amor en un flechazo: a primera vista (en este enlace a la Story Seed Library se pueden acceder a muchas obras solarpunk)
Al igual que el artista pop Richard Hamilton se preguntaba en plena gran aceleración fosilista qué hacía a los hogares modernos tan atractivos, podríamos hacer lo mismo con las postales solarpunk con las que los artistas que se reivindican de él (sin hacer diferencia entre sus posiciones ideológicas) prefiguran el gran despliegue de la civilización solar. ¿De dónde proviene su aura fascinante? (la imagen que abre este texto se llama «And tomorrow? Sunrise», de Comando Jugendstil).

Imagen de Jessica Woulfe, ganadora del concurso solarpunk de Atomhawk. En línea: https://atomhawk.com/resources/art-competition-2019-winners/

Imagen de Thomas Chamberlain. En línea: https://earth.org/solarpunk/
Probablemente, la estética solarpunk es tan sugerente porque hace apología de la abundancia gozosa sin culpa. De la riqueza sin los lujos exclusivos ni la desigualdad que produce la acumulación capitalista. De una urbanidad sin complejos que ha hecho de su relación con el campo un mestizaje. Las imágenes solar punk nos fascinan porque está repleta de máquinas sofisticadas-dirigibles, robots, arquitecturas arcológicas densas y bellas-, pero ha eliminado el elemento destructivo de las fuerzas productivas fósiles: no hay humo, no hay suciedad. Incluso cuando se muestran enormes construcciones, turbinas eólicas, o ciudades verticales colosales, estas parecen integradas. Literal y metafóricamente ajardinadas. Como si la tecnología dura hubiera sido, por fin, pacificada al servicio de lo humano. Como si la técnica ya no aplastase el presente. El solarpunk rompe las proporciones habituales y desordena las jerarquías sensibles: hace apología de infraestructuras futuristas gigantes, pero estas no tienen la agresividad y el rigor disciplinario de lo monumental, sino más bien el poder evocador de un paisaje sublime. También canta lo pequeño en su predilección por objetos vernáculos. Pero estos se representan sin un ápice de nostalgia pastoral ni de escapismo reaccionario, sino más bien como muestra de una civilización que ha ensanchado su concepto de eficiencia.

Fotograma de la pieza animada de Elijah Johnson, ganadora del Solarpunk Art Contest 2021. En línea: https://medium.com/@yishan/solarpunk-art-contest-2021-winners-d935df357c84
En las estampas solarpunk también resuena una especie de ritmo catedralicio: sus altos edificios, sus bosques urbanos de árboles crecidos, sus ríos restaurados con cascadas, sus terrazas cultivadas…transmiten la sensación de una sociedad que es capaz de trabajar coordinadamente para el largo plazo. Su combinación de permacultura y cibernética genera un reencantamiento del mundo que no es mágico, pero sí profundamente asombroso. Pese a la complejidad urbana que irradian estas imágenes, el espacio humano permanece legible y sobre todo apetecible: plazas, caminos, balcones, mercados. En ellos, la vida cotidiana está presente, con personas que parecen tener una vida inspirada. Como una suerte de utopía accesible al alcance de todos. Por lo que no es difícil preguntarse por qué uno no podría vivir de esa manera.
Pero sospecho que la fórmula secreta de la seducción solarpunk está en poner en práctica una gramática visual de las reconciliaciones improbables. Ahí están los rebaños de ovejas y las enormes turbinas eólicas flotantes como nubes artificiales ancladas en la tierra. Las ciudades que combinan los rascacielos verdes de Singapur y los huertos urbanos de Estocolmo o París. La artesanía y los ciborgs. Los drones y los botijos. El compostaje y el bricolaje. Las bicicletas y los autobuses voladores. Y aunque no lo veamos, intuimos que ahí conviven también las IAs públicas y las bibliotecas municipales; la fermentación de precisión y los bosques comestibles; la impresión 3D y las bibliotecas de semillas; las derivas situacionistas y los videojuegos en código abierto; el erotismo como aventura cotidiana y la estabilidad afectiva de la familia reinterpretada de mil formas distintas; la pereza exquisita y el orgullo de un trabajo duro pero bien hecho; la estabilidad psicológica y el desorden poético de los sentidos; el rescate de lo mejor de la tradición y la experimentación cultural más disruptiva. Todo ello hilvanado mediante una expansión de la democracia, de la convivencia vecinal, de la pluralidad social, del derecho a la extravagancia personal, del principio punk de la audacia insolente.

“Solarpunk Technology and Nature together”, obra de Loop Chan. En línea: https://storyseedlibrary.org/art/loop-chan-solarpunk-technology-nature/

“Solarpunk Platform.jpg”, obra de Commando Jugendstil. En línea: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Commando_Jugendstil_Solarpunk_Platform.jpg
A mi juicio, lo poderoso de la estética solarpunk es lo que tiene ya no solo de reconciliación, sino de superación -casi de aufhebung hegeliana- de muchas de las contradicciones y tensiones que la modernidad nos había enseñado a pensar como irreconciliables. Y cuya fisura nos está empujando hacia el abismo ecológico y social: naturaleza y civilización, tecnología y ecosistemas, abundancia y suficiencia, global y local, campo y ciudad, individuo y comunidad, arcaísmo opresivo y aceleracionismo alienante, espontaneidad y planificación, seguridad y libertad, escala humana y gran escala. Y como un campo de gravedad que gobierna todas estas tensiones, nuestro desgarro fundamental: el que hoy se ha abierto entre futuro y esperanza.
El yacimiento de mitología política del solarpunk, el corazón de su descarga afectiva, consiste en que su efecto síntesis permite corregir los sueños de la modernidad que se tornaron pesadillas. En que rescata el programa del Progreso de su bancarrota antropológica. pero lo hace en un sentido que intuimos que resuena mejor con las notas más íntimas de la condición humana: no un progreso expansivo y centrífugo, un progreso de pioneros de frontera espacial, que nos arroje como esporas dentro de prótesis tecnológicas a la improbable conquista de la hostilidad de las estrellas, sino como un progreso de intensificación centrípeta. Un progreso que permite inaugurar en la Tierra ese hogar al que, en palabras de Ursula K. Le Guin, regresar eternamente. Esa casa que nunca antes nos habían dejado realmente tener.
Pero sobre todo, el efecto síntesis del solarpunk funciona porque nos remueve con la fuerza que solo pueden tener las cosas obvias que nos han pasado inexplicablemente desapercibidas. El solarpunk, supone un golpe de dinamismo en nuestra imaginación política paralizada. Su estética tiene algo de iluminación profana en el sentido de Benjamin: la súbita conciencia de que nuestro mundo contiene posibilidades históricas que habíamos olvidado.
Por supuesto, incluso el mejor futuro que logremos construir será muy distinto a estas postales. Será mucho más prosaico y contradictorio, menos deslumbrante, menos posterizado. Pero lo importante es que el código antropológico del mundo por venir pueda encontrar en las imágenes del solarpunk un ancestro visionario. Y sus mejores arquetipos anticipatorios.

“Solar Punk City”, obra de Karl Schulschenk. En línea: https://storyseedlibrary.org/es/art/karl-schulschenk-solarpunk-city/
Do it ourselves a gran escala (del barrio a la Comisión Europea pasando por el BOE)
Si el ecologismo y la izquierda deben solarpunkizarse, el solarpunk también debe verse influido por la pregunta del poder y la respuesta incómoda de la hegemonía, dos interpelaciones que tienen al ecologismo y la izquierda estrujando sus mejores cabezas desde hace más de un siglo. Porque en lo inmediato, las más estratégica de todas las reconciliaciones que el solarpunk debe efectuar es la que existe entre el hacerlo nosotros mismos y las políticas públicas.
En buena medida, el solarpunk sigue participando de ese espíritu tan propio del anarquismo, que el ecologismo del siglo XX hizo suyo, y que tiene en “lo pequeño es hermoso” su axioma. Un espíritu que conecta demasiado bien con uno de los grandes problemas políticos de nuestro tiempo: movimientos sociales jibarizados, demasiado adaptados al ámbito de lo “micro”, como parte de una izquierda que cree que se puede descarbonizar el mundo sin tomar el poder.
Necesitamos un solarpunk de gran escala porque hay que impulsar políticas industriales sostenidas durante décadas. Para acelerar la descarbonización de nuestras economías y salvar la contrarreloj climática. Para asegurar que la transición sea social y territorialmente justa. Para impulsar la transformación regenerativa de nuestro modelo agroalimentario. Para liberar la cultura digital y truncar del golpe de Estado algorítmico que están imponiendo los tecnooligarcas.
Necesitamos un solarpunk de gran escala porque hay que cambiar nuestros patrones de gobernanza. Para que los Bancos Centrales hagan de la acción climática su prioridad número uno. Para organizar transferencias tecnológicas al Sur global que terminen con el extractivismo y el colonialismo. Para conformar instituciones de gestión democrática global de los bienes comunes de la humanidad, como la atmósfera y la biodiversidad.
Necesitamos un solarpunk de gran escala porque urge dirigir la fuerza legítima del Estado en un movimiento de autodefensa popular. Para poder disciplinar el capital y extinguir los negocios fósiles en 25 años. Para resguardar a la ciudadanía del huracán geopolítico que se nos echa encima. Para sabotear las ambiciones represivas de las agendas de crueldad y sometimiento del fascismo fósil, contra las mujeres, contra los migrantes, contra las personas trans y el colectivo LGTBIQ+, y convertir este nuevo miedo, que cada vez más gente siente, en una nueva oleada de derechos expansivos. Para que una ronda de fiscalidad progresiva y redistribución de la riqueza, al menos tan ambiciosa como la que tuvo lugar en Europa en 1945, engrase el proceso de transición y obligue a los máximos responsables de la catástrofe climática a pagar las cuentas de sus privilegios.
Lo que no es en absoluto incompatible con la autorganización popular para recuperar el control de diferentes aspectos de nuestras vidas: comunidades energéticas, grupos de consumos, cooperativas de vivienda, medios de comunicación alternativos, okupas, ateneos y centros sociales, secciones sindicales, colectivos feministas, migrantes o LGTBIQ+, nodos cultura libre, hacklabs y huertos comunitarios, escenas contraculturales, comunes digitales y comunes analógicos, deporte de base, economía social…
De hecho, es al revés: resultará casi imposible que nuestros gobiernos puedan hacer avanzar la civilización solar si su acción no se ve envuelta, respaldada y retroalimentada por un complejo y diverso arrecife de iniciativas, prácticas, discursos y luchas que abran camino cultural. Que creen símbolos y relatos. Que discutan los límites del realismo. Que transformen molecularmente los valores predominantes. Que ensayen prototipos Que defiendan intereses concretos. Que obliguen a nuestros gobiernos a ser un poco más ambiciosos de lo que dicta la razón de Estado.
Nuestro deseo solarpunk debe autoorganizarse en el barrio, en las escuelas, en los trabajos, en nuestros municipios. Pero también deben apuntar hacia la Comisión Europa, pasando antes por el Boletín Oficial del Estado. Lo que exige otras formas de organización, más mediadas y frustrantes, pero que no podemos esquivar si queremos escapar del scape room del Antropoceno.
La utopía como proceso y como puzle disperso: el todo del solarpunk es mucho más pequeño que sus partes
Las narrativas solarpunk no suelen presentar sociedades perfectas, sino más bien procesos de construcción atravesados por problemas irresueltos. Este acento procesual es imprescindible, porque no solo estamos hechos de la materia de los sueños, como discutió Marx al socialismo utópico de Fourier, también estamos hechos con la materia del conflicto y de la historia.
Esta ontología política procesual, que el solarpunk ya incorpora, debe ampliarse con una suerte de giro relacional, en el que el solarpunk no tema perder el perímetro de su identidad, pues toda identidad es siempre insuficiente para transformar el mundo. Al igual que la lucha ecologista no puede aspirar a ampliar la base del ecologismo hasta confundirla con la totalidad, sino más bien -si quiere ser hegemónico- su tarea consiste en ecologizar la sociedad, el solarpunk, como revisión de la misión ecologista, debe hacer lo propio. Para ello, una de las claves es entender que debemos conformar un collar: el discurso solarpunk es solo la aguja y el hilo que debe reunir perlas y cuentas que tienen algo de solarpunk, pero no lo saben.
Porque solarpunk solo es un nombre en clave para intentar atrapar de un solo golpe un fenómeno mucho más amplio de lo que cualquier etiqueta puede abarcar. El todo del solarpunk es mucho más pequeño que sus partes. Retomando una fórmula que emplearon los surrealistas en su primer manifiesto hace cien años podríamos decir:
Los situacionistas son solarpunk en el desvío.
La bomba de calor es solarpunk en la libertad geopolítica.
BYD es solarpunk en la electrificación masiva.
Minecraft es solarpunk en la imaginación constructiva.
Ursula Le Guin es solarpunk en la especulación etnográfica.
Las superillas de Barcelona son solarpunk en el urbanismo.
La serie Hope! Estamos a tiempo es solarpunk de principio a fin.
Mandani es solarpunk en la vivienda.
El compost es solarpunk en la riqueza del suelo.
Marx es solarpunk en la audacia histórica.
Vandana Shiva es solarpunk en las semillas.
Kim Stanley Robinson es solarpunk en su pasión por los dirigibles y por la Cooperativa Mondragón.
La bicicleta siempre es solarpunk y no solo es para el verano.
Bill Mollison es solarpunk en el diseño.
La impresión 3D es solarpunk en la geografía económica.
Archive.is es solarpunk en su efecto ganzúa sobre los muros de pago de muchos periódicos digitales.
Bluesky es solarpunk en los protocolos abiertos.
La cultura de la reparación es solarpunk en el amor material.
Teresa Ribera es solarpunk como comandante en jefe de la sección europea de la Internacional Climática.
Aaron Swartz es un mártir solarpunk.
Heura es solarpunk en la proteína.
David Simon es solarpunk en el realismo social.
Wikipedia es solarpunk en la edición permanente del mundo.
La siesta es solarpunk en el derecho a la pereza.
El surrealismo es solarpunk en el comunismo del genio.
Mariana Mazzucato es solarpunk en el Estado emprendedor.
Jónatham Moriche es solarpunk en el sanchismo planetario.
Jorge Riechmann es solarpunk en la biomímesis y la simbioética.
La República Popular de China es solarpunk en sus planes quinquenales sobre fuerzas productivas de calidad.
Ivan Illich es solarpunk en las herramientas convivenciales.
Las Comunidades de Montes Vecinales son Solarpunk en la propiedad de la tierra.
Las abejas son solarpunk en la polinización.
Som Energia es solarpunk en las comunidades energéticas.
Emule es solarpunk en el P2P.
Carl Sagan es solarpunk en el asombro.
Donna Haraway es solarpunk en el parentesco.
El Hip Hop es solarpunk en la técnica del sampler.
Latour es solarpunk en la diplomacia terrestre.
Alexandra Ocasio-Cortez es solarpunk en el Green New Deal.
El tren nocturno europeo es solarpunk en los romances del futuro.
El estándar USB-C es solarpunk en la interoperabilidad universal.
Gabriel Zucman es solarpunk en la fiscalidad.
Signal es solarpunk en la criptografía cotidiana.
Los hongos y el micelio son solarpunk en la inteligencia interdependiente.
Etc.
Seamos un poco más osados. Podríamos reconocer que Iberdrola es solarpunk en su denuncia a Repsol por Greenwashing. Que IKEA es solarpunk en el diseño accesible. Y Decathlon es solarpunk en la democratización del deporte. La expropiación -material, pero también simbólica- del ecosocialismo solarpunk no hará ascos. No vamos a dejar de disputar ni un átomo de la vida de ricos que nos merecemos.

“Solar Punk Lab”. obra de Karl Schulschenk. En línea: https://storyseedlibrary.org/art/karl-schulschenk-solarpunk-lab/
Paréntesis: un Solarpunk con características mostoleñas
Un paréntesis proselitista: por si este texto encuentra lectoras o lectores del Sur de Madrid, en Móstoles hemos conformado un pequeño grupo de exploración y juego alrededor de las ideas solarpunk. Se llama Laboratorio de Abundancias, y se reúne en el Centro de Arte 2 de Mayo dos veces al mes. Hacemos cosas variadas y a veces no sabemos muy bien ni lo que hacemos. Pero es un punto de encuentro abierto a cualquiera que tenga ganas de participar y de compartir inquietudes solarpunk.
En una de las primeras sesiones, la gente decidió tomar uno de los muchos manifiestos solarpunk que circulan por internet y reescribirlo en clave local. Tomo prestado un fragmento para informar sobre los avances en el frente mostoleño de esta guerra asimétrica por el sentido de la vida:
“El Solarpunk mostoleño será abierto e irá evolucionando. En este momento es una mezcla de un picnic con los amigos en el Soto, una hamaca en el Liana, una fiesta con Negroni pinchando música en la Plaza de los Pájaros, el teatro del Bosque inspirando los jardines verticales del resto de la ciudad, un plan para expropiar el Centro Tecnológico Repsol y convertirlo en un laboratorio de energías renovables, muchas azoteas esperando por sus paneles solares, por sus huertos y por sus fiestas”.


Amuleto solarpunk mostoleño, impreso en 3D en el taller del Laboratorio de Abundancias Solarpunk con Móstoles Makers del 13 de marzo de 2026.

Imagen del hamacódromo popular de Móstoles, instalado en primavera de 2018 (proyecto promovido por el Instituto de Transición Rompe el Círculo, Tejiendo Móstoles, CA2M y Concejalías de Medio Ambiente y Cultura)
Conclusiones: un rayo de sol para acelerar el fin de la noche polar
En medio de lo que todavía parecía que podía haber sido una revolución socialista en la Alemania de la primera posguerra mundial, Max Weber hablaba ante un auditorio de jóvenes poseídos por un impulso político primaveral de la noche polar que se cernía sobre el mundo. Hoy sabemos que lo gélida y oscura que fue esta noche polar superó cualquier pesimismo.
Llevamos una década sumergiéndonos en una nueva noche polar: del Brexit a la invasión rusa de Ucrania, del genocidio en Gaza al laboratorio represivo de Bukele, del auge electoral y cultural de la extrema derecha supremacista, negacionista y patriarcal al secuestro oligárquico de la esfera digital. Todo ello con el telón de fondo de una crisis climática que no deja de agravarse. El ocultamiento definitivo de la poca luz que quedaba en el siglo fue el retorno al poder de Trump. Con él se ha desencadenado una contrarrevolución climática global, una voladura del orden internacional de 1945 y un proceso de desmantelamiento decidido de la democracia americana: un putsch fósil que empleará todo el poder que disponen los EEUU para volverse contagioso.
Pero como dijeron con acierto los situacionistas, nuestros malos días también pasarán. No será fácil. La lucha será ardua y dolorosa. Pero la victoria puede ser más rápida de lo que pensamos.
Por hablar desde el lugar que nos toca, pero la situación no es tan distinta en muchos otros lugares, la Unión Europea enfrenta meses y años absolutamente decisivos. Estamos bajo asedio geopolítico, energético y algorítmico. Con las franquicias del fascismo fósil de Trump y Putin infiltradas en nuestros sistemas electorales. Con la crisis climática volviéndose cada vez más violenta e impredecible. Con la ciudadanía europea triturada por la inflación, carcomida por cinismo, extenuada por la cancelación del futuro. Y cada vez más reducida a sus propias fobias decadentes. Como náufragos peleando por ser recatados en un mar de miedo.
Si la Unión Europea, con sus muchas imperfecciones mejorables, pero también con algunos logros reivindicables, sobrevive como proyecto político en la próxima década, será porque acelere la descarbonización a un ritmo inédito. Porque impulse un desarrollo tecnológico-digital propio, genuinamente público y democrático. Porque siente las bases de una planificación regenerativa del territorio, tanto en el sistema alimentario como en sus ecosistemas naturales, marítimos y terrestres. Porque deje atrás para siempre la austeridad neoliberal y se comprometa en una política económica expansiva y una política fiscal que redistribuya la riqueza.
La revolución ecológica de las fuerzas productivas nos ofrece las posibilidades para una transformación acelerada de las bases materiales que nos tienen bajo secuestro, sometidos a la autocracia ecológicamente suicida del poder fósil. El contexto climático y geopolítico nos impone la necesidad de hacerlo. Lo que nos falta es claridad en propósito y sentido de dirección. Esto es lo que puede ofrecer la hipótesis de solarpunkizar el imaginario político del ecologismo y de la izquierda. Siempre y cuando logremos declinar su propuesta también en términos de gran escala.
El solarpunk es ese rayo de sol que puede hacer más corta la noche polar que hoy gobierna el mundo. Un foco de innovación ideológica que irradia conceptos, afectos y estéticas que nos convencerán de lo mejor por venir. Que es el primer paso para algún día lograrlo: riqueza bien repartida y abundancia ecológicamente compatible con los límites planetarios; tecnologías fabulosas ensambladas en una democracia expandida; vidas cotidianas libres, seguras y florecientes, blindadas en derechos materiales y sociales, que prosperarán en un mundo biosférica, técnica y antropológicamente reencantado.
Llegó la hora de sacar el solarpunk del ámbito de la creación artística y literaria y poner a funcionar sus premisas en ese experimento social excitante que será la construcción de la civilización solar en el próximo cuarto de siglo. La misma que salvará a la vez el clima y la democracia con la propuesta insuperable de generalizar el lujo público y comunal. La misma que, en las bellas palabras del marxismo mesiánico de José Luis Rodríguez, abrirá las puertas de “mil millones de años de Estado homeostático que nos situarán, de manera consciente, en el principio de la historia, mirándola de frente”[viii].
Emilio Santiago Muíño. Móstoles. 15 de marzo de 2026.
[i] César Rendueles (@crendueles.bsky.social) 7 de marzo de 2026. Bluit: https://bsky.app/profile/crendueles.bsky.social/post/3mghsrbrjks2g
[ii] Adam Tooze (2021) El apagón. Cómo el coronavirus sacudió la economía mundial. Crítica, pág. 329.
[iii] Para una mirada histórica de mayor alcance, el texto Solaridad, de la investigadora Julia-Ramírez Blanco, realiza una rica panorámica de los diversos corrientes contraculturales que han asociado la perfectibilidad social con el sol, del que el solarpunk solo sería su expresión más reciente. El texto se puede encontrar en el libro Atlas culturales de la energía (Catarata, 2025, págs.253-267).
[iv] Cesar Rendueles (2026) Redes vacías. Tecnología catastrófica y el fin de la democracia. Anagrama, pág. 85.
[v] Para profundizar en el potencial de la revolución electro-renovable, además del trabajo de EMBER, en castellano puede consultarse libros como Daniel Carralero, Marta Victoria y Cristobal Gallego (2025) Un lugar al que llegar. Mapa de la transición energética, Levanta Fuego o Daniel Pérez Rodríguez (2024) La superpotencia renovable, ARPA.
[vi] Sobre la revolución regenerativa, se puede consultar el libro imprescindible de Paul Hawkin (2021) Regeneration: ending the climate crisis in one generation, Gardners, así como el trabajo pionero de la Asociación de Agricultura Regenerativa Ibérica.
[vii] Carl Amery (2002). Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor, Turner/ FCE.
[viii] José Luis Rodríguez (2025) “Marxismo solar: mil millones de Estado homeostático”. El Cuaderno. En línea: https://elcuadernodigital.com/2025/01/08/marxismo-solar-mil-millones-de-anos-de-estado-homeostatico/

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